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El coste de cerrar Ormuz

Seguros de guerra, fletes y energía: cómo el riesgo llega a España

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Introducción

Arrancamos con Five Cents. El coste de cerrar Ormuz. Vamos a entender cómo una restricción marítima puede acabar elevando el precio del combustible, el transporte y parte de la energía en España. El foco está en el nuevo corredor anunciado por Irán, el bloqueo práctico que imponen el riesgo y los seguros, y la diferencia entre una crisis de precios y un desabastecimiento.

Conviene empezar por una idea sencilla

Conviene empezar por una idea sencilla: un estrecho no tiene que estar completamente cerrado para dejar de funcionar con normalidad. Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico. Es una vía esencial para exportar petróleo, productos refinados y gas natural licuado. Cuando los buques perciben que atravesarlo puede implicar ataques, minas, abordajes o cambios de reglas durante la travesía, muchos dejan de entrar. No hace falta una prohibición formal. Basta con que el riesgo sea demasiado alto o imposible de asegurar.

Eso es lo que está ocurriendo. El tráfico comercial ha caído con fuerza y Teherán prepara una nueva zona restringida, junto a mapas para un corredor alternativo. Irán lo presenta como una fórmula de control y seguridad, pero para las navieras el asunto es más complejo. Un corredor no se convierte automáticamente en una ruta viable porque aparezca en un anuncio.

Para cruzar, un armador necesita cartas náuticas claras, comunicaciones fiables, reglas conocidas, seguridad para la tripulación y cobertura de seguro. También necesita saber quién responde si hay un incidente y si la ruta puede generar problemas legales o sanciones. Los organismos marítimos han recomendado en distintos momentos pasos meridionales por aguas omaníes, pero incluso esas alternativas han sufrido ataques. La incertidumbre, por tanto, sigue siendo parte del coste.

El primer cuello de botella suele ser el seguro de guerra. La cobertura ordinaria de un barco no equivale a tener cubierto un tránsito por una zona militarizada. Las aseguradoras pueden exigir autorización individual, elevar las primas o excluir determinados riesgos. En los momentos de mayor tensión, los recargos han llegado a representar varios puntos porcentuales del valor asegurado del buque, aunque cambian según la bandera, la carga, la ruta y el propietario.

Para una naviera, esa factura se suma a otras. Hay compensaciones para las tripulaciones, esperas en fondeaderos, más combustible si se modifica la ruta, posibles retrasos contractuales y capital inmovilizado durante más días. Si muchos barcos toman la misma decisión de no entrar, hay menos buques disponibles para mover mercancías. Y cuando baja la oferta de transporte, suben los fletes.

La cadena es bastante directa

La cadena es bastante directa: más riesgo implica seguros más caros. Los seguros y las esperas encarecen el viaje. Y un viaje más caro se traslada a quien compra el cargamento. Puede afectar a un petrolero, a un metanero o a mercancías que atraviesan las rutas de la región. El mercado reacciona antes en los precios mayoristas que en el surtidor de una gasolinera, pero la presión termina extendiéndose.

En España, el efecto más visible sería el de los carburantes. El país no depende de un único proveedor ni de una sola ruta, pero la gasolina, el diésel y el queroseno dependen del precio internacional del crudo, del refino y del transporte. Si salen menos barriles del Golfo o cuesta más moverlos, los compradores compiten por cargamentos alternativos y el precio global puede subir.

Eso no significa que cada aumento del petróleo llegue entero y de inmediato al surtidor. Influyen los impuestos, el tipo de cambio, los márgenes de distribución y las coberturas de las empresas. Pero si la disrupción dura semanas, la presión sobre el combustible se vuelve difícil de aislar. Con el gas, España parte de una posición relativamente más resistente. Tiene una red amplia de regasificación, proveedores diversificados y niveles relevantes de almacenamiento.

Además, sus aprovisionamientos recientes no procedían del Golfo Pérsico. Por eso, el riesgo inicial no es quedarse sin gas de un día para otro, sino pagar más por él si Europa y Asia compiten por cargamentos de gas natural licuado fuera de la zona afectada. Ese encarecimiento podría pasar a la electricidad, especialmente cuando las centrales de gas marcan el precio de generación.

También afectaría a industrias intensivas en energía, al transporte por carretera, la aviación y empresas que importan materias primas o componentes. Primero se notan los combustibles y los costes logísticos. Después, si la situación persiste, puede aparecer presión sobre precios de productos y sobre la inflación.

Hay tres escenarios razonables

Hay tres escenarios razonables. El más favorable sería una normalización parcial: una ruta clara, menos ataques y retorno gradual de las coberturas, aunque con fletes elevados durante un tiempo. El segundo es un tráfico limitado: cruzan algunos buques y otros no, con precios muy volátiles. El tercero, una disrupción prolongada, combinaría combustible más caro, competencia por el gas y recargos logísticos más amplios.

La cuestión decisiva no es solo si Ormuz está abierto sobre el mapa. Es si los barcos pueden cruzarlo con reglas claras, riesgo asumible y seguro disponible. España está mejor protegida frente a una interrupción física inmediata que frente a un shock internacional de precios.

Para continuar, puedes generar dos nuevos Five Cents: Cómo se forma el precio de la gasolina y La dependencia europea del gas licuado.

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