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La inflación española vuelve a acelerarse

Carburantes, inflación subyacente y la respuesta del Gobierno y el BCE

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Arrancamos con Five Cents y La inflación española vuelve a acelerarse.

Vamos a entender qué hay detrás del 4,3 por ciento adelantado por el INE en agosto: el impulso de los carburantes, la evolución de la inflación subyacente y las decisiones que pueden afectar a hogares, empresas y al Banco Central Europeo.

La cuestión es si estamos ante un golpe energético puntual o ante una subida que empieza a extenderse. Ahí es donde conviene fijarse primero.

El IPC mide una cesta amplia de gastos, desde la vivienda hasta los alimentos, el transporte o los servicios. Pero no todos los precios reaccionan igual ni al mismo tiempo.

Por eso, la tasa general y la inflación subyacente ofrecen dos lecturas distintas. La inflación general pasó del 3,6 por ciento en julio al 4,3 por ciento en agosto. La subyacente, que excluye energía y alimentos no elaborados, bajó una décima, hasta el 2,9 por ciento.

Esa divergencia importa. El dato principal empeora y se aleja del objetivo del 2 por ciento del BCE. Sin embargo, la subyacente no apunta, de momento, a un encarecimiento generalizado de bienes y servicios.

Es una diferencia relevante porque la energía puede disparar el IPC en pocos meses. En cambio, una subida persistente suele verse antes en alquileres, restauración, seguros, ocio, servicios profesionales o productos industriales.

El INE señala a los combustibles y lubricantes para vehículos personales como el motor principal del repunte. El efecto más visible es directo: llenar el depósito cuesta más.

Pero también entra en juego el llamado efecto base. En agosto de 2025, los carburantes bajaron. Al comparar con un mes especialmente barato, la tasa interanual de este año resulta más alta.

El avance del INE no permite asignar una cifra exacta de las siete décimas de subida a gasolina y diésel. Sí deja claro, eso sí, que son el factor principal.

Los alimentos también contribuyeron porque bajaron menos que un año antes. No significa necesariamente que todos los productos del supermercado se hayan encarecido con fuerza, sino que el alivio fue menor en la comparación anual.

Que el origen sea energético no convierte el problema en menor. El combustible afecta al transporte de mercancías, a repartidores, taxis, agricultores, empresas de logística y flotas comerciales.

Una compañía puede absorber parte del coste reduciendo márgenes. Pero si el encarecimiento se prolonga, puede trasladarlo a sus tarifas.

Así es como un shock de energía acaba apareciendo, con retraso, en una mudanza, una reparación, una entrega a domicilio o una compra cotidiana.

Ese traslado es lo que economistas y bancos centrales vigilan como efectos de segunda ronda. No basta con que suba el petróleo o la gasolina.

El riesgo aparece si el resto de precios empieza a ajustarse de manera sostenida, y si trabajadores y empresas incorporan una inflación más alta a salarios, contratos y decisiones de consumo.

Por ahora, el descenso de la subyacente indica que ese contagio no se ha consolidado. Pero un solo dato tampoco permite descartarlo.

Para los hogares, el impacto es desigual. Una persona que usa el coche cada día para trabajar lo nota mucho antes que quien depende poco del transporte privado.

También suele pesar más en presupuestos ajustados, donde combustible, comida y suministros ocupan una parte mayor del gasto mensual.

El 4,3 por ciento no quiere decir que cada familia pague exactamente un 4,3 por ciento más por todo. Es una media de la cesta.

Aun así, la subida del transporte puede acabar filtrándose a otros pagos.

El Gobierno puede amortiguar parte del golpe, aunque no controlar por sí solo el precio internacional del petróleo.

La desgravación anunciada para el gasóleo, de hasta 20 céntimos por litro desde septiembre, y la reducción de 5 céntimos para la gasolina buscan aliviar el coste inmediato.

La discusión está en cómo hacerlo. Una rebaja general beneficia más a quien consume más combustible y reduce ingresos públicos.

Las ayudas focalizadas pueden proteger mejor a transportistas, trabajadores expuestos o hogares vulnerables. Aunque exigen más gestión y dejan fuera a parte de los afectados.

El BCE afronta otra parte del problema. No puede abaratar el petróleo ni decidir el precio en las gasolineras.

Su función es evitar que un shock puntual se transforme en inflación persistente. En julio mantuvo los tipos de interés sin cambios y dejó abierta la puerta a reaccionar según los datos.

Si los carburantes se estabilizan, la subyacente sigue contenida y las expectativas de precios se mantienen cerca del 2 por ciento, tendrá margen para esperar.

Si, en cambio, se aceleran servicios, salarios y precios no energéticos, el BCE podría mantener los tipos altos durante más tiempo o endurecer su política.

Eso se notaría en créditos, hipotecas a tipo variable y financiación empresarial. No porque el banco central quiera castigar el consumo, sino porque intenta enfriar la demanda lo suficiente para que las subidas de precios no se vuelvan permanentes.

Las próximas señales serán la evolución de gasolina y diésel, varios meses de inflación subyacente, los precios de servicios, los acuerdos salariales y las expectativas de hogares y empresas.

El 4,3 por ciento es un repunte serio para el bolsillo, pero todavía no prueba una nueva espiral inflacionista.

El detonante es energético. La respuesta dependerá de si se queda en el surtidor o se transmite al resto de la economía.

Para continuar profundizando, puedes generar Cinco claves para entender la inflación subyacente y Cómo afectan los tipos del BCE a tu hipoteca.

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