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Desertificación en Mongolia

La COP17 pone pastizales, agua y pastores mongoles en el centro

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En Five Cents, Desertificación en Mongolia explica por qué la COP17 de Naciones Unidas se celebra ahora en Ulán Bator y qué está en juego: los pastizales, el agua, la vida de los pastores y la financiación para restaurar tierras degradadas.

La conferencia acaba de abrir y no hay acuerdos finales. Pero sí hay una pregunta urgente: si esta cumbre logrará medidas que se noten sobre el terreno. Conviene empezar por lo que significa desertificación en este caso.

No quiere decir que tres cuartas partes de Mongolia se hayan convertido en un desierto de arena. La medición ambiental nacional estima que el setenta y seis coma nueve por ciento del territorio está afectado por desertificación o degradación de la tierra.

El problema es, sobre todo, la pérdida de productividad de las praderas, el deterioro del suelo, la menor cobertura vegetal y una disponibilidad de agua más frágil.

Para un país donde gran parte de la actividad rural depende del ganado y de los pastos, esa degradación cambia la vida cotidiana. Los rebaños necesitan moverse según las estaciones, encontrar hierba y acceder al agua.

Cuando llegan sequías prolongadas, el margen se estrecha. Y si después se produce un dzud, un episodio extremo de frío, nieve o hielo que bloquea el acceso al pasto, las pérdidas de ganado pueden ser enormes.

Ahí está la importancia de Mongolia como sede de la COP17 de la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación.

Desde el diecisiete hasta el veintiocho de agosto, ciento noventa y siete Estados parte, organismos internacionales, científicos, comunidades locales y empresas discuten cómo responder a la degradación de la tierra y a la sequía.

Mongolia no es solo el anfitrión. Es uno de los ejemplos más claros de cómo clima, suelo, agua y medios de vida están conectados.

La presidencia mongola quiere que la cumbre vaya más allá de las declaraciones. La agenda gira alrededor de cuatro asuntos: financiación; agua, tierra y personas; y sistemas alimentarios junto con salud del suelo.

También se debate cómo restaurar pastizales, reducir el impacto de las tormentas de arena y polvo, y reforzar a las comunidades pastoriles.

El punto delicado es qué tipo de restauración se financia. Plantar árboles puede ayudar en zonas adecuadas, y Mongolia mantiene su campaña para plantar mil millones antes de dos mil treinta.

Pero los árboles no sustituyen una buena gestión de los pastos. En muchas áreas, la respuesta depende de ajustar la presión ganadera, proteger fuentes de agua, recuperar la vegetación nativa y disponer de alertas tempranas frente a sequías y fenómenos extremos.

También está en juego quién toma las decisiones. Los pastores no son solo población afectada: gestionan directamente una parte decisiva del territorio.

Por eso la discusión incluye sus derechos sobre la tierra, el conocimiento local y el acceso a financiación. Si los programas se diseñan desde lejos y se limitan a proyectos visibles, pueden no resolver el problema de fondo.

Si incorporan a las comunidades y miden resultados reales, tienen más opciones de sostenerse.

Medir es otra palabra clave. Restaurar no debería significar solo anunciar hectáreas intervenidas. Habría que comprobar si mejora la cobertura vegetal, si el suelo retiene más agua, si los pastizales recuperan productividad y si los ingresos rurales resisten mejor los años difíciles.

Científicos y organismos técnicos trabajan precisamente en indicadores y sistemas de seguimiento comparables.

La dimensión regional también importa. La degradación del suelo y la pérdida de vegetación pueden favorecer tormentas de arena y polvo que atraviesan fronteras en Asia nororiental.

Por eso la COP17 incluye un diálogo específico sobre este fenómeno. La desertificación no se queda dentro de una frontera administrativa: afecta a alimentos, agua, movilidad y riesgos climáticos compartidos.

La conferencia, por tanto, no juzgará solo la ambición de Mongolia. Los Estados donantes, los bancos de desarrollo y el sector privado tendrán que mostrar si respaldan los compromisos con recursos para agua, restauración de praderas, vigilancia climática y economías rurales más resistentes.

Al cierre del veintiocho de agosto se verá si hay financiación, objetivos medibles y mecanismos de seguimiento, o principalmente un acuerdo político de alcance más general.

La idea central es sencilla. Mongolia acoge una negociación global porque su crisis de pastizales resume un desafío que se repite en muchas regiones: tierra menos fértil, agua más insegura y comunidades rurales más expuestas.

La respuesta no depende de una única campaña, sino de combinar restauración ecológica, adaptación climática y participación local.

Para continuar profundizando, puedes generar dos nuevos Five Cents: Pastizales y ganadería ante el cambio climático, y Cómo funcionan las cumbres climáticas de la ONU.

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