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Ormuz presiona al petróleo mientras el Himalaya afronta una catástrofe

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El Five Cents semanal de Global llega marcado por una escalada que vuelve a poner en riesgo las rutas energéticas: Estados Unidos e Irán han intercambiado ataques en torno al estrecho de Ormuz.

También miramos la catástrofe de inundaciones y deslizamientos entre Nepal y el Tíbet; la reunión financiera del G20, bajo presión por la guerra, los aranceles y la deuda; y la continuidad de los ataques rusos con drones sobre Kyiv. Conviene empezar por Ormuz, porque sus efectos ya van mucho más allá de la región.

Estados Unidos atacó el 30 de agosto dos lanzaderas iraníes en la isla de Larak, dentro del estrecho de Ormuz. Irán respondió, según las informaciones disponibles, con ataques contra dos bases estadounidenses en Jordania.

El choque rompe la relativa pausa militar de las últimas semanas, cuando Catar intentaba mantener abierta una vía de negociación. Washington sostiene que actúa para proteger la navegación internacional y a sus fuerzas. Teherán atribuye la escalada a la presencia militar estadounidense y a las sanciones.

Los países del Golfo intentan evitar que el conflicto alcance puertos e infraestructuras petroleras. El mercado ya ha reaccionado: el Brent llegó a moverse cerca de los 90 dólares por barril, con picos intradía por encima de 91.

Si la inseguridad se prolonga, no solo sube el crudo. También se encarecen los seguros, los fletes y las rutas alternativas entre Asia, Oriente Próximo y Europa.

Para España y el resto de Europa, el efecto dependerá de cuánto dure la crisis y de cuántos barcos eviten el estrecho. Pero el riesgo es claro: más presión sobre la energía, el transporte y la inflación.

Lo siguiente que puede cambiar el escenario es un ataque contra buques o instalaciones petroleras, o una reapertura parcial y verificable de la navegación.

Esa tensión militar llega además a la mesa del G20 financiero, que reúne en Asheville a ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales.

El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, busca coordinar más presión económica sobre Irán y discutir los desequilibrios comerciales con China. Estados Unidos sostiene que parte de la capacidad exportadora china responde a políticas industriales que distorsionan la competencia.

Pekín rechaza previsiblemente una nueva ronda de barreras comerciales. Para muchos otros miembros, el dilema es más inmediato: cómo endurecer sanciones sin agravar el precio de la energía ni debilitar una economía mundial que ya arrastra inflación persistente, deuda elevada y tipos de interés todavía sensibles.

Si salen adelante nuevos aranceles o sanciones secundarias, el impacto puede llegar a bienes, materias primas y financiación. España lo notaría sobre todo a través del comercio europeo, de la factura energética y de la evolución de los mercados de deuda.

El comunicado final del G20 y cualquier anuncio sobre sanciones darán la primera señal de hasta dónde llega ese consenso.

En Asia, la emergencia tiene otra dimensión. Las inundaciones y los deslizamientos que afectaron el 26 de agosto a la frontera entre Nepal y China mantienen activas las operaciones de rescate.

Equipos nepalíes, con apoyo de especialistas chinos e indios, intentan alcanzar a cientos de personas que podrían estar atrapadas en túneles de proyectos hidroeléctricos bloqueados por barro y escombros.

El balance provisional ronda los 800 muertos y supera los 3.000 desaparecidos, aunque las cifras siguen cambiando. Algunas actualizaciones sitúan el total conjunto por encima de 900 víctimas mortales.

La catástrofe comenzó tras el colapso de un glaciar en una zona poco vigilada y arrasó carreteras, puentes, pasos fronterizos y centrales en construcción.

Nepal había pedido antes más intercambio de datos y alertas tempranas con China, pero los expertos advierten de que una tragedia de esta escala no se explica por un único fallo. Se combinan deshielo, lluvias extremas, valles densamente poblados y grandes infraestructuras.

También hay 261 extranjeros de 23 países sin localizar cerca de un paso fronterizo. Ahora importan el rescate, la reapertura de accesos y la evaluación de daños en la generación hidroeléctrica y el comercio regional.

Y en Europa, Kyiv encadena cinco días de ataques rusos con drones. La campaña ha alterado el transporte, la actividad diaria y la distribución en la capital ucraniana y su entorno, además de elevar la presión sobre las defensas aéreas.

Entre los aparatos empleados hay drones propulsados por motores a reacción, una señal de la adaptación tecnológica de esta guerra.

Naciones Unidas ya había advertido de que julio fue el mes con más víctimas civiles en Ucrania desde mayo de 2022, y que el número de menores afectados alcanzó su nivel más alto desde abril de aquel año.

La continuidad de los ataques mantiene la guerra como un riesgo central para la seguridad europea, con consecuencias sobre la ayuda militar, la asistencia humanitaria y el gasto de defensa.

El panorama deja cuatro frentes conectados por sus efectos prácticos: Ormuz amenaza el precio de la energía y las rutas marítimas; el G20 mide hasta dónde puede coordinar sanciones y comercio; el Himalaya afronta una crisis humana e infraestructural; y Kyiv sigue bajo presión aérea.

En los próximos días, la evolución de los ataques, el precio del petróleo, las decisiones del G20 y los rescates en Nepal marcarán si estas crisis se contienen o se agravan.

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